(2)
La tenue luz del amanecer se filtraba por la ventana, débilmente la habitación se ilumino. No di importancia al nuevo día que se avecinaba, después de todo sería un día como cualquier otro, aburrido y solitario. Me quede recostada un rato, de nuevo miraba la herida de mi muñeca con la sangre seca alrededor. Sentí escalofríos al recordar los pensamientos de aquel momento, cerré los ojos y sacudí la cabeza como tratando de expulsarlos de mi mente; cosa que me pareció estúpida segundos después. Liberada por fin la pereza, me levante y di una ducha. El agua caliente recorría mi cuerpo. Era una sensación exquisita, en la intimidad de mi baño, con el calor acariciando mi cuerpo; era la única parte del día en la que sonreía de verdad.
La casa estaba silenciosa como todos los días, el único ruido era el de mis pasos en la planta alta y el de Lily rasgando la puerta del patio pidiendo que la deje entrar. Lily era mi gata, esa pequeña bola de pelos era una de las cosas que me mantenían cuerda. Nunca tuve la intención de tener una mascota, pero esta criatura llego un día a la puerta de mi casa y nunca se fue. Era un gato muy bello; ojos azul metálico (un azul muy raro a decir verdad), pelaje negro, tenía unas botitas de color blanco en las patas delanteras, la cola anillada y una carita redonda que expresaba algo de melancolía, muy lindo en verdad. Baje las escaleras y vi que debajo de la puerta principal había una carta, la acostumbrada y única carta de cada mes, esta vez, leí "Octubre" en aquel sobre; la levante y fui a abrirle la puerta a Lily que entro rápidamente y se hecho en uno de los sillones. Me dirigí a la cocina y puse a hervir un poco de agua, mientras leí sin expresión alguna la carta... siempre que pasaba mis ojos por la caligrafía de mi madre era como si sintiera cada letra y rasgo de ella plasmándose en mi piel, pero que podía hacer; mi orgullo no me permitía hacer nada (que estupidez); aun que esa mañana una ligera sonrisa se asomo en mi rostro. Doble la delicada carta y la devolví al sobre y lo volví a cerrar, no sin antes leer la pequeña nota de mi padre y el cheque. ¿Me amaban tanto? Cualquier padre se habría olvidado de mí y me habría dejado a mi suerte después de tantos años de indiferencia, pero él no lo hacia... me sentí un asco de persona. Con una sensación de desprecio subí las escaleras hasta mi habitación y abrí aquel lúgubre cajón donde se amontonaban mis papeles y recuerdos... quede inmóvil al ver la solitaria navaja sobre esos recuerdos. Ensimismada con los pensamientos escarlatas la tome dejando la carta en su lugar. Ese pequeño objeto me daba escalofríos, pero le tenía admiración por lo que podría provocar. Estúpidamente miraba el filo y lo restregaba en la yema de mi dedo, los ojos bien abiertos admirando su ir y venir en mi piel hasta que el dolor me hiso cerrarlos. Unas gotitas silenciosas cayeron sobre la carta del día.
-Que estúpida eres-
Murmure viendo el corte en mi dedo... No pasaría,
no sería así maldición. Tire la navaja al cajón y lo cerré con coraje y miedo a
la vez...
Las mañanas siempre transcurrían de manera
monótona, la misma rutina. Salí de mi casa temprano bajo los débiles
rayos
solares y, como todos los días, el cielo estaba nublado y en el suelo se
dibujaban pequeñas gotas desparramadas. Caminaba por las empedradas
calles con
mis audífonos puestos a alto volumen, absorta de todo a mí alrededor,
evitando
el contacto, hundida en mis pensamientos; esos malditos pensamientos en
rojo. De un momento a otro comenzó a llover, ligeramente,
delicioso y refrescante. Las gotas resbalaban por mi gabardina luchando
por no
caer, me distraje observando como una de ellas luchaba en la costura de
mi
manga cuando tropecé. Mi cuerpo se precipitó hacia delante mientras mis
manos
trataban de salir de los bolsillos e interponerse entre mi cuerpo y el
suelo...
-va a doler-
Pensé al no poder actuar con rapidez y cerrar los
ojos a la espera… sentí como alguien me agarraba por los hombros tratando de
parar mi caída, pero fue tan repentino que cayó de espaldas sosteniéndome entre
sus brazos. Abrí los ojos cuando hundí mi rostro en su pecho, mis manos ya
estaban fuera de mis bolsillos y me apoye en él para levantarme y mirarle; su
rostro era el de un joven sorprendido que me miraba directamente a los ojos, el
cabello empapado, con gotas corriendo por sus mejillas hasta sus labios; sentí
el calor en mi rostro al sonrojarme y la calidez de su aliento al hablarme…
-¿Te encuentras bien?-
Estúpidamente no supe responder, me quede mirando como articulaban sus labios aquellas palabras y como las gotas de la lluvia recorrían su rostro…
-¿Estas bien?- Acerco su rostro al mío, quizás para verificar que no estuviera muerta o algo así… al ver como se acercaba parpadee y me aleje de el – vaya estas viva… ¿te lastimaste?
-Estoy bien- conteste fríamente regresando a la normalidad y parándome lo más rápidamente posible… - gracias – le dije mirándolo desde arriba algo desorientada.
-Me alegra- me dirigió una sonrisa, dibujada perfectamente con sus labios; de nuevo sentí el calor en mis mejillas… no soportando mas esa sensación le rodee y seguí con mi camino, casi huyendo del lugar.
Sentía la mirada de las personas en mi
nuca, murmurando quizás la razón de mi falta de educación al no tenderle la
mano a aquel desconocido para que se levantara. Queriendo evitar todo aquello
di la vuelta en la esquina, no sin antes mirar de reojo al lugar de mi pequeño
accidente, donde aquel desconocido me miraba con una sonrisa pintada en el
rostro.
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