(3)
La lluvia caía con más intensidad. Refugiada en la comodidad y calidez de un café, me recuperaba del encuentro de hace unos momentos. No podía sacar de mi cabeza el rostro de aquel joven, más que nada, no podía sacar de mi cabeza la profundidad de su mirada. Me sentía idiota al haberme quedado absorta en su mirada y rostro, como una pequeña mirando las muñecas del aparador.
Pase cerca de una hora sentada en la comodidad de un sillón, tomando café y leyendo algo de Edgar A. Poe cuando la lluvia comenzó a perder intensidad. Leía con detenimiento el descuidado libro, tratando de borrar de mi mente el rostro de mi “salvador”; por decirlo de alguna manera. Tome el último sorbo de mi café, devolví el libro a la estantería y salí del lugar. Quizás ya era medio día, no importaba mucho, en fin, no tenía que hacer nada en específico. Caminaba de nuevo por las calles sin un rumbo fijo, mirando como mis botas se empapaban al chapotear en los pequeños charcos de la acera. La lluvia ceso por completo y los nubarrones se desplazaron un poco, provocando que se formaran manchas de luz y las charcas centellearan ante mis ojos.
Las calles comenzaron a poblarse, lo cual no me agrado mucho. Corte por los
callejones, evitando el toparme con la gente. No recuerdo en cuantas ocasiones
había caminado en esas estrechas calles para estar en soledad. La antigüedad de
sus paredes me fascinaba; balcones sobresalían de las casas, en ocasiones uno
frente a otro, figurando un puente de parad a pared. Algunos no eran más que
jardineras rebosantes de enredaderas que se dejaban caer hacia el suelo,
formando delicadas cortinas; entretejidas con pequeñas flores carmesí y
blanquecinas, ocultando tras ella un jardín céntrico y olvidado... una fuente
descuidada borboteaba y llenaba el aire de una brisa de olvido, cuatro bancas
de piedra verdusca le rodeaban, la mayoría desquebrajadas. Lo más cautivante no
era el misticismo del lugar con sus estatuas desconocidas resguardadas por las
viejas casonas abandonadas, lo más hermoso era el sin fin de rosas que crecían
ahí, de un rojo carmesí que solo en sueños podías ver. Me sorprendía que tal
belleza fuera olvidada, que permaneciera oculta y ajena a la conciencia de las
personas; aun que estaba segura de que si las personas supieran de esta zona
despoblada, seria destruida para construir algún insulso edificio para
oficinas. Había días en que pasaba la mayor parte del día ahí y este sería uno
de esos días. Me arrepentí de no haberme llevado el libro que leía en el café.
Decidí mirar los rosales y cortar algunas para llevarlas a casa, gustaba de
elegir las que estaban semiabiertas, dejando a penas salir su esencia. Tome una
sin dudarlo y sin pensar en las espinas que la protegían, cerré mi puño sobre
ella y la arranque. El punzante dolor me hizo hacer una mueca, abrí mi mano y
gotas de sangre brotaban de mi palma; como si el carmesí de la rosa se
derritiera en ella. A mi mente llegaron los recuerdos de la noche anterior, la
imagen de mis sabanas tiñéndose de rojo mientras mi cuerpo se desvanecía… solté
la rosa en un estremecimiento. Tome mi mano lastimada apretándola contra mi
pecho. Me asustaba la forma en que esos pensamientos me habían hecho dibujar
una sonrisa. Tratando de sacar todo de mi mente me aleje de los rosales y lave
mi mano en la fuente, tiñendo por un momento el agua de rojo…
-¿te sucede algo?- pregunto una voz detrás de mí, ciertamente, una voz conocida.
Me
gire sorprendida. A una corta distancia un joven me miraba con curiosidad.
Reconocí de inmediato su mirada y al parecer el me reconoció a mí.
-¿Me estas siguiendo?- le pregunte en tono molesto,
cuando en realidad era mas de sorpresa que disgusto…
-No, esto solo es una gran coincidencia- respondió mirándome divertido mientras levantaba las manos delante de su pecho. – Al parecer siempre nos encontramos cuando te haces daño por “accidente”- dijo recalcando con tono incrédulo la última palabra, mientras una de sus manos sacaba de su bolsillo la rosa con la que me había lastimado.
-No es de tu incumbencia
-No no lo es, pero por alguna razón me preocupa- se acerco y quedo a unos centímetros de mi -¿Puedo?- acerco sus manos a la mía mientras me miraba a los ojos… por algún motivo deje que tomara mi mano y la revisara.
-No, esto solo es una gran coincidencia- respondió mirándome divertido mientras levantaba las manos delante de su pecho. – Al parecer siempre nos encontramos cuando te haces daño por “accidente”- dijo recalcando con tono incrédulo la última palabra, mientras una de sus manos sacaba de su bolsillo la rosa con la que me había lastimado.
-No es de tu incumbencia
-No no lo es, pero por alguna razón me preocupa- se acerco y quedo a unos centímetros de mi -¿Puedo?- acerco sus manos a la mía mientras me miraba a los ojos… por algún motivo deje que tomara mi mano y la revisara.
La tomo con delicadeza, acariciando los pequeños puntos de mi palma. Me estremecí al contacto y ante el punzante dolor que provocaba.
-Perdona- retiro una de sus manos y busco dentro de su
bolsillo- esto te ayudara- saco un pañuelo y lo enredo improvisando un vendaje
–listo, ¿mejor no?-
-no en realidad- mentí
-humm… al menos lo intente- respondió dirigiéndome una sonrisa.
-no en realidad- mentí
-humm… al menos lo intente- respondió dirigiéndome una sonrisa.
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