(18)
El frió matinal se colaba por las sabanas; acariciaba
mis piernas y subía lentamente por mi espalda. Abrí los ojos pesadamente
buscando mi alrededor; recordé la oscuridad de hacia unas horas, cuando buscaba
en el abismo la mirada que me despertaba de mis sueños... pero estaba sola. El
frescor abrazaba mi cuerpo desnudo a penas cubierto por las delgadas sabanas.
Me sentí desprotegida, el no tener su mirada clavada en la mía al despertar y el
gesto de sus cálidos labios sobre mi frente me tiro al vació, un inexplicable y
profundo vació. Hundí mi rostro en las almohadas, no queriendo ver mi
soledad, ocultándome; no queriendo sentirme vulnerable.
-¿Me extrañaste?
Escuche su voz decir tranquilamente detrás de mí. La calidez se expandió por mi pecho y flote de nuevo a la superficie mientras sentía como se recostaba a mi lado y su cálida piel contra la mía.
El gesto de sus manos haciendo girar mi rostro para mirarle, sus labios presionándose contra los míos; embriagándome, llenándome de éxtasis al par que sus manos recorrían mi cuerpo tomando el frió y convirtiéndolo poco a poco en calor. Las respiraciones se entrecortaban, los labios ardían, la pasión se abría paso y dejaba atrás toda duda y sentimiento de vació. El sentir su cuerpo, su calor... era la perfección; estar con el... el y solo el.
-------------------
-Está haciendo fresco... llévate mi gabardina.
-Esta bien... No tardo ¿de acuerdo?
-Lo sé - Su sonrisa se mostraba desilusionada y con aire fingido.
-¿Que sucede?
-Te amo Sofía
-Yo también te amo - Respondí a la par que le besaba. Di media vuelta y me dirigí a la puerta, pero su mano se aferro a la mía y me detuvo. Gire y le mire, su rostro estaba sombrío... -¿Que sucede?
-Quédate conmigo.
-Regresare pronto, debo revisar algunas cosas.
-Pueden esperar. Vamos, te enseñare a cocinar... lasaña, ¿sí?
-¿Lasaña?
-Si, lasaña, me gusta la lasaña ¿a ti no?
-Si, si me gusta pero debo ir a recoger algo a mi casa.
-Pero no quiero que te vayas, quiero que estes aquí, a mi lado Sofía.
-Siempre estaré a tu lado. Mira, iré pronto a mi casa, tomo lo que necesito, paso por una botella de vino y cuando regrese aquí tu tendrás la lasaña y comeremos juntos ¿si?
-Ummmm... pero deberá ser un buen vino - Dijo con tono burlón no muy convencido. Sonreí y bese sus labios, di la vuelta, salí por la puerta y corrí por el estrecho callejón.
Mis botas chapoteaban al correr por la calle, no tarde mucho en llegar a mi casa. Subí la escalinata y saque las llaves de mi bolsillo. Fue extraño abrir la puerta y sentir el vació dentro de la casa; quizás siempre se había sentido de esa forma, pero ahora lo notaba. El reloj de la estancia arrullaba el silencio, vacile un poco al entrar pero por fin abrí la puerta por completo y entre a lo que alguna vez llame mi hogar. Me quede un rato con la mano aferrada a la perilla y miraba con detenimiento la estancia y el movimiento del péndulo marcando el paso del tiempo; me parecía tan extraño el lugar, como si nunca hubiera estado ahí. Desperté de mi ensimismamiento y entre por completo, cerrando la puerta detrás de mí. Baje la mirada cuando liberaba la perilla y fue cuando vi en el suelo la única y acostumbrada carta del mes.
-Noviembre
Susurre al agacharme y recogerla. Subí las escaleras leyendo la carta de mi madre, entusiasta como siempre; como si tratara de hacerme sentir igual. Entré a mi habitación y me senté en la cama para leer la nota de mi padre pero no había tal nota. Quizás después de todo mi padre ya se había resignado a mi ausencia, eso era bueno; por fin se había olvidado de mi, pero no pude evitar sentir el nudo en la garganta.
-¿Me extrañaste?
Escuche su voz decir tranquilamente detrás de mí. La calidez se expandió por mi pecho y flote de nuevo a la superficie mientras sentía como se recostaba a mi lado y su cálida piel contra la mía.
El gesto de sus manos haciendo girar mi rostro para mirarle, sus labios presionándose contra los míos; embriagándome, llenándome de éxtasis al par que sus manos recorrían mi cuerpo tomando el frió y convirtiéndolo poco a poco en calor. Las respiraciones se entrecortaban, los labios ardían, la pasión se abría paso y dejaba atrás toda duda y sentimiento de vació. El sentir su cuerpo, su calor... era la perfección; estar con el... el y solo el.
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-Está haciendo fresco... llévate mi gabardina.
-Esta bien... No tardo ¿de acuerdo?
-Lo sé - Su sonrisa se mostraba desilusionada y con aire fingido.
-¿Que sucede?
-Te amo Sofía
-Yo también te amo - Respondí a la par que le besaba. Di media vuelta y me dirigí a la puerta, pero su mano se aferro a la mía y me detuvo. Gire y le mire, su rostro estaba sombrío... -¿Que sucede?
-Quédate conmigo.
-Regresare pronto, debo revisar algunas cosas.
-Pueden esperar. Vamos, te enseñare a cocinar... lasaña, ¿sí?
-¿Lasaña?
-Si, lasaña, me gusta la lasaña ¿a ti no?
-Si, si me gusta pero debo ir a recoger algo a mi casa.
-Pero no quiero que te vayas, quiero que estes aquí, a mi lado Sofía.
-Siempre estaré a tu lado. Mira, iré pronto a mi casa, tomo lo que necesito, paso por una botella de vino y cuando regrese aquí tu tendrás la lasaña y comeremos juntos ¿si?
-Ummmm... pero deberá ser un buen vino - Dijo con tono burlón no muy convencido. Sonreí y bese sus labios, di la vuelta, salí por la puerta y corrí por el estrecho callejón.
Mis botas chapoteaban al correr por la calle, no tarde mucho en llegar a mi casa. Subí la escalinata y saque las llaves de mi bolsillo. Fue extraño abrir la puerta y sentir el vació dentro de la casa; quizás siempre se había sentido de esa forma, pero ahora lo notaba. El reloj de la estancia arrullaba el silencio, vacile un poco al entrar pero por fin abrí la puerta por completo y entre a lo que alguna vez llame mi hogar. Me quede un rato con la mano aferrada a la perilla y miraba con detenimiento la estancia y el movimiento del péndulo marcando el paso del tiempo; me parecía tan extraño el lugar, como si nunca hubiera estado ahí. Desperté de mi ensimismamiento y entre por completo, cerrando la puerta detrás de mí. Baje la mirada cuando liberaba la perilla y fue cuando vi en el suelo la única y acostumbrada carta del mes.
-Noviembre
Susurre al agacharme y recogerla. Subí las escaleras leyendo la carta de mi madre, entusiasta como siempre; como si tratara de hacerme sentir igual. Entré a mi habitación y me senté en la cama para leer la nota de mi padre pero no había tal nota. Quizás después de todo mi padre ya se había resignado a mi ausencia, eso era bueno; por fin se había olvidado de mi, pero no pude evitar sentir el nudo en la garganta.
De forma automática cerré el sobre y abrí el
cajón del escritorio para meterlo con los demás. Un escalofrío recorrió mi
cuerpo al ver en el interior del cajón esa solitaria navaja descansando sobre
uno de los sobres, luciendo en su filo un color carmesí que pareció derretirse
y derramarse sobre la delicada caligrafía de mi padre; donde se leía
"Octubre".
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